El planeta está repleto de maravillosas especies de animales , muchas veces con sorprendentes adaptaciones y conductas. En esta sección iré escribiendo de algunas de ellas.
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El hombre, responsable de su propio destino
El término “animal” viene del latín anima, voz que significa alma o soplo vital.
Nosotros somos animales con el mismo tronco evolutivo basal que el resto de las especies. La única diferencia es que nuestra capacidad de adaptación al medio ha precisado de un desarrollo intelectual mayor.
Esto no nos otorga un derecho a la vida superior al del resto de animales. Esto no significa que la naturaleza nos prefiera a nosotros antes que a ellos. Esto no significa que el resto de animales hayan sido creados para nuestro servicio y satisfacción.
No tenemos licencia para esclavizarlos en el trabajo. No tenemos licencia para disponer de su derecho a la libertad y a la dignidad como seres vivos. No tenemos razones para degradarlos en espectáculos públicos y fiestas populares.
En su camino evolutivo todos los seres vivos llegaron al presente superando las mismas dificultades que nosotros y aún mayores. Hoy pasean sobre la tierra especies que ya existían muchos millones de años antes que nosotros y es altamente probable que después de nuestra propia extinción muchos sigan existiendo.
Matar para comer cuando la tierra nos ofrece todo tipo de frutas, cereales, legumbres, hortalizas y semillas, con los mismos nutrientes y capacidad alimenticia que la carne y el pescado e incluso de forma más saludable, es un acto reprobable porque denota un mal uso de la razón.
Hay quien presupone que su inteligencia y grado de conciencia le hacen impune ante la matanza de otros seres vivos. Hay quien presupone que su superioridad le confiere un grado espiritual inmune a lo que ocurra a seres “inferiores”. Hay quien presupone que la moral establecida por una mayoría puede seguir ajena a los principios éticos más elementales generación tras generación.
La sociedad actual sigue obviando las declaraciones de los más grandes filósofos, científicos, artistas y pensadores de la historia en contra del maltrato animal y el consumo de carne como alimento de seres humanos. Pitágoras, Platón, Cicerón, Ovidio, Leonardo da Vinci, M. Gandhi, A. Einstein, Thomas A. Edison, L. Tolstoi, F. Voltaire, Ch. Darwin, R. Wagner, S. Ramón y Cajal, M. de Unamuno, C. Jung, A. Lincoln, A. Schopenhauer, F. Nietzsche, E. Kant, F. Kafka, J. Ortega y Gasset y A. Schweitzer entre otros muchos, alzaron su voz para denunciar el horror e iluminar la razón. Sin embargo un sector de la industria alimentaria, los intereses económicos, la mediocridad intelectual imperante y el miedo a la libertad deciden el destino de millones de animales cada día, sin importar la atroz agonía en los mataderos, en las plazas de toros, en las redes de pesca o en las ollas de agua hirviendo para mariscos y crustáceos.
Sumemos a esto los “deportes” de caza y pesca, los ahorcamientos de galgos, el abandono de animales domésticos a su suerte, la experimentación en laboratorios, las peleas clandestinas de gallos y perros, las matanzas de focas y delfines y un sinfín de barbaridades, y veremos al hombre en serias dificultades para seguir creyendo que es el ser superior que dice ser, constatando además que por el momento sólo demuestra una crueldad insuperable y un retroceso preocupante en el uso de sus facultades mentales y espirituales. Es probable que la naturaleza haya dictado ya su sentencia final y haya encontrado al hombre responsable de su propio destino….
En defensa de la vida
¿Cómo es posible que algunos profesionales de la comunicación no tengan ojos para ver las imágenes crueles de maltrato animal en las plazas de toros? ¿Cómo es posible que estos licenciados no tengan oídos para oír las denuncias que a diario se expresan desde tantas organizaciones de defensa animal dentro y fuera de nuestro país? ¿Cómo es posible que algunos medios de comunicación de este país sean cómplices de la tortura taurina en tantas poblaciones españolas?
Se es cómplice cuando se aprueba la crueldad. Se es cómplice cuando se apoya. Se es cómplice cuando se mira para otro lado sabiendo que una conducta es cruel. Se es cómplice cuando ante la duda no se reflexiona. Se es cómplice cuando se antepone el interés económico al moral.
¿Acaso es moral divertirse a costa de la vida ajena? ¿Acaso la sociedad ha aprobado como norma moral que causar sufrimiento innecesario a los animales es éticamente correcto? Que haya parte de la población que por tradición o gusto personal lo apruebe no significa que su conducta no sea reprobable.
Alguien ha dicho con razón que incluso la neutralidad perjudica siempre a la víctima. Algún día la crueldad con la naturaleza nos pasará factura y será demasiado tarde para enmendar nuestra conducta innoble, perversa, irresponsable, en algunos casos ignorante, irrespetuosa, pero sobre todo carente de amor. Ese día algunos intelectuales, algunos responsables políticos, algunos “profesionales” de los medios, los que tergiversaron las palabras santas, los que bendijeron la infamia, no encontrarán argumentos en su defensa.
La mano de Dios
Los argumentos para salir en defensa de los derechos de nuestros compañeros, y me atrevería a decir hermanos, los animales, deberían ser tantos como los días que pasaron a nuestro lado trabajando, acompañándonos en el frío invierno, alimentando a nuestros padres y a nuestros hijos, tantos como los días que cuidaron de nuestras haciendas, tantos como los días de primavera que amanecieron con sus cantos.
¿Qué artista podría igualar la belleza del color de sus plumas? ¿qué atleta podría correr como el guepardo? ¿quién podría igualar la destreza en el vuelo del vencejo? ¿qué ejercito podría compararse en número al de las hormigas? ¿qué nave podría descender y por tanto tiempo a la profundidad del cachalote? ¿quién podría cruzar el orbe de Norte a Sur sin equipaje como un ánade?
Es tanta su fortaleza, tanto su valor, tanta su paciencia, tal su nobleza, tanta su abnegación, tal su sencillez, tal su desapego, tal su fidelidad, tal su sobriedad, tantas y tantas sus virtudes que harían postrarse a los ascetas de oriente y a los místicos de occidente si se cruzasen con ellos en el camino.
Jesús de Nazaret proclamó que nadie tiene más amor que el que da la vida por el otro y ellos nos entregan su vida cada día silenciosamente. Posible e inevitablemente Jesús se acordó de ellos en su sermón de la montaña cuando aventuró dicha para los que sufren, los pobres de espíritu, los limpios de corazón y los pacíficos.
Aprendamos de ellos y seremos un poco más sabios. Contemplemos su belleza y serenaremos nuestro espíritu. Apreciemos su perfección y descubriremos la mano de Dios.
Antonio García-Palao