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Archive for 14 junio 2010

Dejo aquí constancia de la bonita experiencia vivída por mí el fin de semana del 4 al 6 de junio pasados en la montaña costera de la Sierra de las Santas (Serra de les Santes) en Castellón , gracias a las jornadas organizadas por los frailes carmelitas del Desierto de las Palmas.

Las Agujas de Santa Águeda, uno de los perfiles más hermosos en el Desierto de las Palmas

Las Agujas de Santa Águeda, uno de los perfiles más hermosos en el Desierto de las Palmas

(Fotos: gentileza de los hermanos Marco Noales, autores de las instantáneas que jalonan este texto)

Llámase “desierto” a una serie de lugares que, bajo las directrices de Santa Teresa de Jesús, fueron seleccionados para que en ellos, en la soledad de rincones remotos de la geografía, en el silencio, ante la belleza y grandiosidad de la Naturaleza, y con la disciplina de la oración , de la vida austera, etc. se propiciáse el acercamiento a Dios.

No son por tanto desiertos en el sentido de lugares desprovistos de vegetación, sino en el sentido religioso de ser lugares desiertos , lejanos a las distracciones de la civilización, donde en el silencio podamos escuchar la voz que vibra en lo más profundo de nosotros, la del Ser que hace que respiremos y que es el mismo que sostiene las estrellas en sus posiciones. El Ser que alienta en lo más hondo de todo. Que está dentro y fuera de todas las cosas.

La expresión procede de los primeros cristianos que se retiraron al desierto de la Tebaida en Egipto, al yermo o eremus, de donde procede el concepto de eremitismo.

Decía Santa Teresa a sus seguidoras: “no somos monjas sino ermitañas”. y es que el Carmelo nació eremítico en el monte que lleva su mismo nombre en Tierra Santa, cuando una serie de caballeros se retiraron en sus laderas. El Desierto de las Palmas nació con ésa misma vocación, y en una ubicación muy semejante al del monte padre, solo que en esta, la orilla occidental del Mediterráno.

Pero no pensemos que aquí se han retirado frailes que no han bregado por el mundo. No. Muchos de ellos han sido antes misioneros que han andado por algunos de los rincones más pobres del planeta ayudando a sus semejantes. Y ésa vocación de servicio sigue presente en el Desierto de las Palmas dentro de las muchas actividades que se desarrollan en él, intentando ése difícil encaje de no perder la esencia del desierto a la vez que trata de hacer , por ejemplo, que mucha gente acuda a empaparse de espiritualidad.

Dentro de ése contexto, y con motivo de la publicación de un libro mío (Paraísos Perdidos. Sendas del Espíritu en la Naturaleza) , me llamaron hace algo más de 3 años , para que diése una charla sobre como escuchar la voz de Dios en la Naturaleza. Y allá que fuí, dentro de unas jornadas dedicadas a “La Escucha”. De aquello surgió una idea de realizar una actividad sobre Senderismo y Espiritualidad que se desarrolló el año pasado. Y como la cosa no fué mal este año se repitió.

El grupo en pleno, posando antes de iniciar el recorrido

El grupo en pleno, posando antes de iniciar el recorrido

El viernes 4 de junio comenzamos con una breve charla introductoria, por la noche, en el Centro de Espiritualidad Santa Teresa, donde intenté preparar un poco la cosa para la jornada siguiente, la más importante, en la que debíamos cruzar ésa sierra, en un recorrido de unos 15 kilómetros. Tras la charla subimos a una ermita a contemplar la noche y reflexionar en compañía del carmelita  Ignacio Husillos , extraordinaria persona, que hizo profundas reflexiones mientras pulsaba las cuerdas de su guitarra como si tal cosa.

Hablando de Moisés en el Sinaí, de Jesús en el monte,... y de Shackleton

Hablando de Moisés en el Sinaí, de Jesús en el monte,... y de Shackleton

A la mañana siguiente, a las 8:30 de la mañana, comenzamos a caminar las cerca de 25 personas participantes. Llegados al pie de la montaña hablé acerca de las montañas teofánicas en la Biblia: el Sinaí, el Carmelo, el monte de la Transfiguración,… Y como la cosa iba a ser de esfuerzos, máxime por el calor que se veía que iba a hacer, mi amiga Ester Marco (una de las almas mater de estas actividades) me sugirió que hablase de algo que había comentado con ella la noche antes: la hazaña de Ernst Shackleton , toda una referencia en cuestiones de aguante ante la adversidad. Teniendo en cuenta que no todos los asistentes, de todas las edades y condiciones, se dedican regularmente a pegarse palizas subiendo montes , la verdad es que la cosa fue un acierto.

Mientras ascendíamos Dios quiso que unos halcones peregrinos, con un ruidoso piar, pasasen junto a nosotros. Creo que eran dos crías de halcón volanderas, a las que su madre hacía sudar en pos de una presa que había capturado para ellas, pero no dándosela sin más, como cuando estaban en el nido, sino comenzándo a enseñarles que si querían comer, deberían esforzarse en adelante. Llegado el otoño ésas crías ya deberán ser halcones que se ganen enteramente la vida por su cuenta. Aquella escena, que a muchos asistentes les recordó las de los programas de Félix Rodriguez de la Fuente, fué sin duda un regalo de Dios, que infundió ánimos en los montañeros, cerca del lugar en el que se había retirado como ermitaño siglos antes, el fraile Bartolomé, que ha bautizado el monte que subíamos: el Bartolo, el más alto de esta sierra.

En la cuerda superior de la sierra, a la sombra de una enorme cruz que la corona, y de los pinos, descansamos mientras algunos asistentes cantaban algunas canciones religiosas que hablaban de la presencia de Dios en su Creación. Ninguna canción religiosa me ha parecido más hermosa que esos sencillos cantos allí, viendo el mar en lontananza, viendo más de la mitad de la provincia de Castellón, la Sierra de Irta y el Prat de Cabanes, la desafiante Peñagolosa en los confines con Teruel,…  Aquella inmensidad hablaba de infinitudes.

Aquella inmensidad se te colaba en el alma, y el alma volaba, acaso un poco como ése halcón del que hablase San Juan de la Cruz , ése halcón que , parafraseándole, volase tan alto tan alto que le diése a la caza alcance, refiriéndose al volar del alma hacia Dios. Curiosamente el día antes creo que había hablado, dentro de las metáforas naturalistas de San Juan de la Cruz, de la del halcón. Un halcón como ésos que habíamos acabado de ver poco antes.

Supongo que por aquí estaría explicando algo acerca de la forma de diferenciar las especies de pinos de la zona

Supongo que por aquí estaría explicando algo acerca de la forma de diferenciar las especies de pinos de la zona

Descendimos poco a poco del monte, viendo paisajes enormes y paisajes recoletos. Una sola flor es un paisaje entero en sí misma. O un insecto. El todo está en la parte y la parte está en el todo.

La semilla de un pino resinero que recogimos en el camino nos permitió, como otras cosas, alguna reflexión. La semilla estaba dotada de alas para “volar” lejos del pino padre y aumentar las posibilidades del pimpollo que nazca de ella. ¿Que inteligencia hizo que un pino produjése semillas así?. ¿O fue todo azar como algunos pretenden?. La verdad es que azar he visto poco en la Naturaleza, el azar no es más, como decía el matemático Poincaré, que la medida de nuestra propia ignorancia. Y esta mal éso de decir que lo que sucede en la Naturaleza , como la mutación de las especies y por tanto su evolución, es cosa del azar, ya que es trasladar la ignorancia subjetiva como explicación “objetiva”. Y me preguntaba yo ante alguno de mis compañeros en esta jornada, ¿si hay quien parece dar culto a una especie de azar absoluto que estaría tras todo en el Universo, que es tanto como dar culto a una ignorancia absoluta, por qué no se comprende que existamos quienes queramos dar culto a una Inteligencia Absoluta?. ¿No sería esto más conforme a la inteligencia , máxime por alguien que se declara científico?. ¿No sería más propio de un científico dar culto a una inteligencia que a una ignorancia?. A diferencia de otros naturalistas no creo que creer en Dios nos haga parecer menos “rigurosos” o menos “racionales”. Bien al contrario.

En otro alto en el camino me detuve a leer algunas cosas de uno de mis autores predilectos: Fray Luis de Granada, que en su libro sobre la Introducción al Símbolo de la Fe mostraba como las criaturas predicaban acerca de Dios.

Hablando sobre Fray Luis de Granada y la presencia de Dios en las criaturas

Hablando sobre Fray Luis de Granada y la presencia de Dios en las criaturas

En fin, yo, un naturalista, aficionado a leer señales en el bosque, andaba en éso. De hecho, algo de éso hicimos cuando encontramos una baña de jabalíes. Pero aquí intentábamos además leer otras huellas, otras señales. Las del Hacedor, en último extremo, de todas las huellas, de todas las señales, de todas las cosas que vemos.

La baña donde los jabalíes se cubren de barro para cuidarse

La baña donde los jabalíes se cubren de barro para cuidarse

Llegamos a nuestro destino, aunque en esto del caminar, son muchas veces más importantes los pasos, los detalles del camino, lento y pausado, escuchando, con los ojos muy abiertos,… que el destino, que en este caso era la Ermita de Les Santes (Santa Lucía y Santa Águeda), ubicada en un precioso rincón de estas montañas.

Allí charlamos, comimos, nos dejamos arropar por la sombra de los árboles y el murmullo del agua, que siempre son más valorados tras una caminata por una sierra mediterránea más o menos seca que en otros paisajes, como puedan ser los de Asturias. Aquí se comprende sin duda con más fuerza la importancia del agua, y que por ejemplo en la Biblia se conceda a este elemento tanta relevancia simbólica.

A las puertas de la ermita de Les Santes

A las puertas de la ermita de Les Santes

A las puertas de la ermita me tocó hablar otra vez. Hablé de tantos y tantos santuarios cristianos que estaban ubicados, como ése, en santuarios de la Naturaleza. De que ello no era casual. Hablé de monasterios que acabaron construyéndose en lugares donde previamente hubo eremitas cuyo único monasterio , lugar de soledad, era la propia Naturaleza. Hablé de los santuarios de la Virgen ubicados en lugares remotos y de Naturaleza privilegiada: las marismas del Guadalquivir, Sierra Morena, Picos de Europa, … Hablé de otras cosas. Y mientras, también hablaba el viento en las copas de los árboles, quien sabe si como habló Dios en un suave murmullo en el Sinaí. Creo que Beethoven dijo que la música era el lenguaje de Dios. Y la Naturaleza es su genial sinfonía. Sólo hay que tener oído musical para captar sus ritmos, sus latidos, aunque mucha gente esté hoy desentrenada en éso. Finalmente leí el poema de la Vida Retirada de Fray Luis de León y otros versos suyos donde decía aquello de “dichoso el humilde estado del sabio que se retira de aqueste mundo malvado, y con pobre mesa y casa, en el campo deleitoso, con solo Dios se acompasa”… De éso se trata, de acompasarse solo con Dios, en el campo. De sintonizar, como si de una emisora de radio se tratase, con ésa “onda”, la onda divina que hace vibrar todas las cosas. Mucha gente dice que no siente la presencia de Dios, sin embargo ahí está, como las ondas de radio que tampoco vemos aunque estén. Solo hay que poner nuestro “dial” interno en el sitio adecuado  y escuchamos su música. Su música vibra por todas partes. En las rocas, en los pinos (sean carrascos o resineros como los que por allí vimos), en los chopos,… Y por supuesto, en el canto de los ruiseñores que fué una constante buena parte del camino. Es una especie de ósmosis, al final , con cierta actitud de apertura, la vibración de bosque “exterior” ayuda a hacer renacer el bosque interior. Y sentimos vibrar dentro y fuera de nosotros al mismo Ser. El Espíritu. Nos acompasamos con Él, como decía Fray Luís.

Amigos del camino

Amigos del camino

Desde allí, fuimos a un paraje llamado la Font de Roc, umbroso lugar donde estaba proyectado participar en una misa. Pero el haber allí ya un grupo de gente hizo desistir de ésa idea (se haría después en el convento). También estaba proyectado hacer otro tramo de monte hasta el convento del que partimos, pero el cansancio de algunas personas participantes y la hora avanzada, hicieron aconsejable proseguir por otra ruta más rápida y simple. En el camino, entablé una corta conversación con un cárabo (una rapaz nocturna) imitando sus voces. Y cada uno en un grupillo en una fila alargada, fue conversando hasta llegar (no con el cárabo, sino entre ellos, claro está). Asistimos a misa y dormimos hasta la mañana siguiente.

Era ya domingo. Desayunamos. Y me tocó dar la charla de recapitulación. Hablé de como el camino que habíamos hecho era como la vida. De como los que más se habían esforzado tenían más mérito ( lo cual contentó no poco a algunas personas que habían sudado lo suyo). De que la montaña era escuela. Y de muchas otras cosas. Se hizo notar que el día anterior, el de la caminata, había sido, precisamente, el Día Mundial del Medio Ambiente ( aunque al proyectar la actividad meses antes se hizo sin percatarse nadie de ello). Y aproveché para hablar del compromiso cristiano en favor de la Creación, como encargo que Dios mismo nos hizo de guardarla en  el Paraíso. Hablé del primer Adán y del último: Jesús (al decir de San Pablo). Hablé de la bonita idea de ayudar a crear un paraíso espiritualizando nuestra visión de las cosas y de la Creación. Leí algo de Teilhard de Chardin  y aclaré qué diferente era la visión cristiana de la de los  panteísmos, que los panteismos están muy lejos de lo que es la más digna y noble visión de la Naturaleza. Leí  también un texto de Benedicto XVI acerca de la obligación cristiana de velar por la Naturaleza y acerca de la campaña de Manos Unidas que muestra como el deterioro del medio es sufrido mucho más por los países más pobres. Hablé de éso y otras cosas, y anuncié una simpática idea que se les había ocurrido a Ester y mis amigos del Desierto, entregar los improvisados “premios Shackleton”, después, en la comida, a algunos asistentes. La idea, intentando ser simpática, resultó emocionante al llevarla a la práctica, y el ánimo de los asistentes subió todavía más , de modo que no pudo haber broche más memorable.

Acabada la última charla, el fraile Ignacio Husillos se apresta a entregar los diplomas

Acabada la última charla, el fraile Ignacio Husillos se apresta a entregar los diplomas

Lo más grande, conocer a personas tan maravillosas, sencillas y no tan sencillas, jóvenes y mayores, cada una de las cuales extrajo algo de esta experiencia nacida sin pretensiones.

Entregando uno de los simpáticos "premios Shackleton"

Entregando uno de los simpáticos "premios Shackleton"

Por mi parte, gracias al Desierto de Las Palmas por abrirme este huequito para hablar de Dios y de la Naturaleza como idioma suyo.

 

 

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