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Baden Powell 

Por su interés, reproduzco este texto Baden Powell, caballero inglés fundador de los Boy Scouts. Supe de él con ocasión de unas Jornadas sobre Senderismo y Espiritualidad en las que tuve el honor de participar recientemente con los carmelitas en el Desierto de las Palmas (Castellón). A pesar de que fuí Boy Scout entre mi niñez y mi adolescencia, no conocía este texto, y accedí a él al verlo publicado en el nº 207 de la revista carmelita Orar, específicamennte dedicado a la oración en la montaña. Su contenido me parece especialmente interesante ahora, cuando la  juventud se aleja tanto, a un mismo tiempo, de Dios y de la Naturaleza. El texto es este:

 

Muchas de las personas que viven en las ciudades, jamás o rara vez llegan a darse cuenta de la Naturaleza. Sus ojos están acostumbrados a ver escaparates, anuncios, ruidos y gentes. Pero aquellos que han vivido en contacto con la Naturaleza se dan cuenta de su belleza. El hombre que es ciego a las bellezas de la Naturaleza pierde la mitad del placer de la vida. La Naturaleza es una escuela donde las diferentes inteligencias aprenden diferentes cosas: uno expresará su concepción de la Naturaleza por la poesía; otro por la pintura; pero todos, con amor tranquilo.

Puedo comprender que un hombre que pone su vista en la tierra sea ateo. Pero no puedo comprender que un hombre que levanta su vista al cielo, en una noche serena, pueda decir que Dios no existe. La contemplación de la Naturaleza es el gran antídoto contra el ateísmo.

En el contacto con la Naturaleza se fomenta otra virtud necesaria para ser una persona religiosa: la humildad. Al contemplar la majestuosidad de las cosas, el hombre se siente pequeño y limitado ante todo lo que ve. Pierde un poco de su orgullo y se pone en actitud de aceptar a alguien superior a él. Las plantas, en todas sus especies, con sus flores, cortezas, follaje y frutos. Los animales, con sus especies y hábitos. Las estrellas, con sus órbitas fijas en el espacio, nos dan la primera concepción del infinito y de la inmensa obra del Creador, en la cual el hombre no es más que una ínfima parte. Todo esto tiene una gran fascinación para la juventud, atrae su curiosidad, su poder de observación y le conduce directamente a reconocer la mano de Dios en las maravillas del Universo, con sólo una persona que se las muestre.

Siempre existe un atractivo especial en la vida “al aire libre”. El hombre que ha crecido entre las grandes obras de la Naturaleza cultiva la verdad, la independencia y la confianza en sí mismo. Tiene impulsos de generosidad y de lealtad para con sus amigos. Los hombres se convierten en caballeros por el contacto con la Naturaleza.

Si fuera rey de Francia, no permitiría a ningún niño de menos de doce años entrar en la ciudad. Hasta esa edad, los niños deberían vivir “al aire libre” en los campos, en los bosques, en compañía de perros y caballos, cara a cara con la Naturaleza que fortalece el cuerpo, abre el espíritu y la inteligencia, poetiza el alma y desvela en ella una curiosidad más preciosa para la educación que todas las gramáticas del mundo. Comprenderían tanto los ruidos como los silencios de la noche, tendrían la mejor de las religiones, la que Dios mismo revela en el espectáculo mágico de sus milagros diarios. Hay que enseñar al niño endeble de la ciudad que, por encima del techo del cine, brillan las estrellas.

Fijándose en el espíritu de la Naturaleza , presente en los bosques, el alma mezquina de los hombres se desarrolla y se abre. La vida al aire libre es, por excelencia, la escuela que enseña a comprender las maravillas de un universo maravilloso.

El vivir en medio de la Naturaleza que Dios nos ha dado, entre montañas, árboles, pájaros, bestias, mar y ríos, nos proporciona salud y felicidad, realidades que no se pueden conseguir entre muros de tabique y el humo de las ciudades.

¿Cómo comprender las maravillas de la Naturaleza y su mensaje?. Muy sencillo, abandonando la ciudad y saliendo al campo, a los bosques, aspirando el perfume de las flores, escuchando la música de los arroyos, de los pájaros y de la brisa, familiarizándose con los animales y sus costumbres, hasta sentirse uno camarada de ellos.

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